Sobre la muerte
13 de Marzo, 2008Esto forma parte de un trabajo sobre la muerte de la universidad donde nos piden nuestra experiencia personal. Pues ahí va!
Experiencias personales o muy próximas sobre la enfermedad de cáncer
Todo empieza con una suposición, luego acaba en diagnóstico y más tarde en decisión: nos vamos a vivir con los iaios… para, posteriormente, mudarnos a un nuevo piso donde empezar una nueva vida con ellos, porque la vida va a cambiar para todos, del más pequeño al más mayor, con todo lo bueno y todo lo malo que ello puede suponer.
A partir de este día tan crucial, me doy cuenta que mi vida y la concepción que tengo sobre mí misma, la sanidad, las enfermedades, las personas, etc. va a ser totalmente diferente. Diría que fue Groucho Marx el que dijo que “si no le gustan mis principios, tengo otros”; pues eso mismo me pasó a mi: choque generacional, situaciones nuevas a la par que desesperantes en muchas ocasiones, pluripatología… ¡y sólo con 12-13 años! No estaba preparada… aunque para todo esto, nadie está preparado, ¿no crees? De golpe nos encontramos en un punto de este largo camino que es la vida, solos, desprotegidos, sin nada más ayuda que los propios recursos personales que hemos desarrollado a lo largo de las experiencias acumuladas (si es que los tenemos), y nos damos cuenta que Sócrates tenía razón cuando decía “sólo sé que no sé nada”. Esta nada, es lo que el cáncer te deja, lo que el cáncer te da. Un vacío en tu interior que se adelanta a los acontecimientos que van a pasar: ves a la persona sufriendo, ves el avance de la enfermedad… y ves a la muerte reflejada en cada mirada, en cada suspiro, en cada movimiento. Al final, hasta la acabas deseando. Acabas deseando que la muerte venga y se lo lleve todo (el sufrimiento, el dolor, …) y que deje sólo el recuerdo de esa persona que si se va, nunca va a volver… y si se queda… nunca volverá a ser la misma. Un recuerdo que a veces es demasiado fugaz.
¿Lo peor de los recuerdos? Olvidarlos. Inconscientemente. Que son efímeros. ¿No te pasa que ya no recuerdas como olía esa persona que murió? A mi me cuesta recordarlo. Tampoco recuerdo cómo se reían, ni el tacto de sus manos, ni siquiera el tono de voz que tenían cuando hablaban o cuando cantaban. O cómo me abrazaban. Recuerdo, por ejemplo, como me gustaba abrazar a mis abuelas; estaban gorditas y al abrazarlas tenías la sensación de abrazar algo blandito y perfumado. Lo recuerdo, pero no mucho. Las fotos, por ejemplo, me ayudan a recordar cómo eran físicamente, pero no el resto de cosas. El tiempo es decisivo para el cáncer, para la vida, para la muerte y, también, para los recuerdos.
Como ves, mi experiencia personal con el cáncer, se relaciona con la muerte… y con el secuestro de mis seres queridos. ¿Secuestro? Sí, es una palabra muy curiosa, quizá poco adecuada, para definir la muerte de alguien, pero te aseguro que yo lo viví así… Como que me habían arrebatado algo que no quería perder nunca, aunque, en parte, deseaba que se fuera. ¡Qué incongruencia, qué contradicción! Pero que real… como la vida misma.
Y qué aprendí de todo esto: que la vida es fugaz, se agota, tiene fecha de caducidad y que lo más importante es vivirla, disfrutarla, como si cada segundo que se nos concede fuera el último. Para que así, cuando llegue la hora de morir, con cáncer o no, poder decir en voz alta: viví de verdad y en cada momento.

